Aprender a Pensar

Enfoques (NOV-2010)

Haciendo visibles a las alumnas. La utilización de un lenguaje no-sexista.
Beatriz Gallego Noche

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Quisiera empezar este artículo con la siguiente historia:

Antonio, padre de Roberto, un niño de 8 años, sale conduciendo desde su casa en Madrid, y se dirige rumbo a Valencia. Roberto va con  él.

En el camino, se produce un terrible accidente. Un camión, que venía de frente, se sale de la autopista y embiste de frente al coche de Antonio. El impacto mata instantáneamente a Antonio, pero Roberto sigue con vida. Una ambulancia de Valencia llega casi de inmediato, advertida por quienes fueron ocasionales testigos, y el niño es trasladado al hospital. Nada más llegar, los médicos de guardia comienzan a tratar al niño con mucha dedicación, pero, tras intercambiar opiniones y estabilizarle las constantes vitales, deciden que no pueden resolver el problema de Roberto. Necesitan consultar. Además, advierten el riesgo de trasladar al niño y, por eso, deciden dejarlo internado allí, en Valencia. Después de las consultas pertinentes, se comunican con un Hospital infantil de Madrid y finalmente conversan con una eminencia en el tema a quien ponen en conocimiento de lo ocurrido. Como todos están de acuerdo en que lo mejor es dejar a Roberto en Valencia, la  eminencia decide viajar directamente desde Madrid hacia allá. Y lo hace.

Los médicos del lugar le presentan el caso y esperan ansiosos su opinión. Finalmente, uno de ellos es el primero en hablar: ‘¿Está usted en condiciones de tratar al niño?’, pregunta.

Y obtiene la siguiente respuesta:

– ‘¡Cómo no lo voy a tratar, si, además, es mi hijo!’

¿Qué ocurre entonces? Nuestro aprendizaje del lenguaje media la respuesta, el eminente médico es la madre del niño.

Se dice que nombrar en femenino es costoso, es muy molesto, es una pérdida de tiempo, pues si éstas son las razones para no hacerlo, tendremos que contraponer las razones para nombrarlas. Si no nombramos a las mujeres, seguimos ocultándolas, devaluándolas, entregando nuestros conocimientos, espacios de relación, tiempos de dedicación, protagonismo y nuestros nombres a los compañeros, a los hombres. ¿Qué están aprendiendo nuestras alumnas? ¿Qué les estamos enseñando? (Tomé, 2006).

Lenguaje y realidad

El lenguaje es un vehículo socializador. No es lo mismo hablar de “luchadores por la libertad del pueblo” que de “terroristas asesinos”, encienden en nuestra mente dos imágenes distintas. Con la lengua que aprendemos, no sólo se nos enseña a mencionar el mundo que nos rodea, sino que se nos enseña la manera de verlo. La lengua posee una herencia ideológica referida a la jerarquización de género, es decir, la lengua se ha desarrollado paralelamente a siglos de dominación masculina, ¿no es lógico que refleje esta circunstancia? La realidad social está cambiando, las mujeres cada vez más somos protagonistas activas de la sociedad, ¿por qué no ha de cambiar el lenguaje en la misma medida?, ¿por qué no vamos a ayudarnos de este elemento de socialización para educar a nuestros alumnos y alumnas?

El lenguaje que utilizamos es sexista cuando:

– Se utiliza el masculino para referirse indistintamente a los dos sexos (cuando, por ejemplo, se nombra a los profesores en vez de hablar del profesorado o de los profesores y de las profesoras, con lo que se excluye a las mujeres de la enunciación lingüística);

– No se usa el femenino en la designación de oficios y titulaciones (se alude a la juez en vez de a la jueza, a la médico en vez de a la médica).

– Refleja una imagen peyorativa de la mujer, a través de los duales aparentes (“hombre público/mujer pública”, “zorro/zorra”), las asociaciones estereotipadas (“hombre estresado/mujer histérica”), los insultos configurados de manera positiva en el caso de asignarse al universo de lo masculino y negativa en el caso de atribuirse al universo de lo femenino (“ser cojonudo/ser un coñazo”), los refranes sexistas

Nada impide nombrar el mundo en masculino y en femenino.

Algunas aclaraciones

A menudo, quienes se oponen a estos argumentos lo hacen afirmando que el uso verbal en masculino y en femenino atenta contra la espontaneidad y contra la economía expresiva inherentes al lenguaje humano. Cabe aclarar al respecto lo siguiente (Lomas, 2006; pág. 34):

  1. No todos los usos del lenguaje se caracterizan por su espontaneidad. Salvo la conversación espontánea, el resto de los usos lingüísticos exigen un cierto nivel de elaboración textual y por tanto admiten en el contexto de esa elaboración una corrección que tenga en cuenta junto a otros asuntos (ortografía, coherencia del texto, adecuación léxica), la diferencia sexual entre mujeres y hombres. Tanto en el uso formal del lenguaje oral (una clase, una conferencia, un debate) como en la casi infinita diversidad de los textos escritos (un ensayo, un informe, un libro de texto, una crónica) es posible incorporar esa voluntad de nombrar el mundo en femenino y en masculino.
  2. No todos los usos del lenguaje se caracterizan por su economía expresiva. Salvo algunos textos como los eslóganes publicitarios, los anuncios por palabras y los mensajes de los teléfonos móviles, la mayoría de los usos lingüísticos tienen una cierta extensión y una cierta complejidad textual.

No se derrocha el lenguaje al utilizar términos genéricos tanto masculinos como femeninos que incluyen a los dos sexos (“el ser humano”, “el profesorado”, “la ciudadanía”, “las personas”, “la gente”…) o utilizando los términos abstractos (“tutoría” en vez de “tutores”, “dirección” en vez de “directores”, “asesoría” en vez de “asesores” …) o el uso de la primera persona del plural (ustedes en vez de vosotros y vosotras). En otras ocasiones, es posible especificar el sexo de las personas nombrando en masculino y en femenino; no se duplica el lenguaje al decir “niños y niñas” o “padres y madres” como no se duplica al decir “azul y rosa” o “dulce y salado”. La palabra “niños” no designa a las niñas de igual manera que la palabra “padres” no alude a las madres.

Si tenemos en cuenta que hombres y mujeres tenemos el mismo derecho a ser y a existir, el hecho de no nombrar esta diferencia es no respetar uno de los derechos fundamentales: el de la existencia y la representación de esa existencia en el lenguaje (Alario y col; 1995).

Aprender a usar el lenguaje en masculino y femenino no sólo es deseable sino también posible.

BIBLIOGRAFÍA:

Alario, C. y col. (1995). Nombra en femenino y en masculino. Instituto de la Mujer. Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Madrid.

Estebaranz García, A.; Gallego Noche, B.; Rodríguez Castro, A. y Ramírez Troya, L. (2004). Roles, Valores y Competencias de las mujeres que han roto el techo de cristal. Córdoba. Diputación de Córdoba.

Lomas García, C. (2006). En masculino y en femenino: argumentos y orientaciones para un uso equitativo del lenguaje. En Guía de buenas prácticas para favorecer la Igualdad de Género entre hombres y mujeres en Educación. Sevilla: Consejería de Educación. Junta de Andalucía, pp.32-42.

Tomé, A. (2001). El uso coeducactivo de la investigación-acción. En Tomé, A. y Rambla, X. (ed.) Contra el sexismo. Coeducación y democracia en la escuela. Madrid, Síntesis.

Tomé, A. (2006). Diagnostico del centro educativo en materia de igualdad entre hombres y mujeres. En Guía de buenas prácticas para favorecer la Igualdad de Género entre hombres y mujeres en Educación. Sevilla: Consejería de Educación. Junta de Andalucía, pp. 20-30

Torres Santomé, J. (1998). El currículum oculto. Madrid. Morata.



escrito el 2 de noviembre de 2010 por en 02. ENFOQUES


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