Aprender a Pensar

Enfoques (JUN-2010)

La función social de la escuela

Isabel Francisca Álvarez Nieto, Jefa de Estudios del CEIP Prácticas Nº1

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La pérdida, en pocos años, de valores fundamentales de la cultura, está conduciendo al alumnado a aprender y trabajar exclusivamente dentro de los límites de los medios a través de los que son educados.

Ante el peligro de que la educación recibida se convierta en una forma de ganarse la vida y de adecuarse a las demandas del mercado laboral y deje de ser una experiencia que permita el derecho al conocimiento, necesidad básica del ser humano, los docentes debemos sentarnos a construir una escuela que sirva de espacio de resistencia de una cultura que no se ha escogido, sino que se trata de imponer. No consiste sólo en aprender a vivir en sociedad sino en cambiarla cuando sea necesario.

La escuela tiene la función social de transmitir y reproducir ciertas habilidades y competencias necesarias para un adecuado desarrollo social, cosa que algunos sociólogos consideran negativo, dado que así la escuela toma un papel activo en la perpetuación de las desigualdades sociales, en la medida en que el sistema escolar enseña y propaga la cultura de las clases dominantes. Pero esta función no debe llevarnos a olvidar que la educación, al mismo tiempo, tiene una función transformadora y trata de promocionar a las capas inferiores de la sociedad, según el principio de igualdad de oportunidades, adaptándose a la diversidad del alumnado al que acoge tanto en el proceso de enseñanza como en el de evaluación.

Por ello, cualquier transformación, cualquier intento de innovación y cambio social debe llevarse a cabo sin olvidar a sus principales agentes, los/as docentes. Y es que en muchas ocasiones, no deja de llamarnos la atención la incapacidad de las innovaciones para transformar las escuelas, bien por falta concienciación por parte del profesorado sobre la necesidad de dicha transformación, bien por considerarlas un agente neutral, descargado de ideología[i], lo que procura el fracaso de las reformas.

Cualquier reforma se plantea ante una carencia, el éxito de la misma dependerá en gran medida de si el profesorado la percibe también o no como tal y de las posibles contradicciones que el contexto puede conllevar.

Introducir innovaciones en el sistema educativo sin perder de vista la función social a la que debe supeditarse nuestra intervención en la escuela, requiere de una formación precisa que debe comenzar en la universidad pero que debe mantenerse a lo largo de toda la vida profesional mediante la formación continua desde los centros de profesorado o la propia autoformación.

Sin embargo, una crítica muy generalizada del sector docente es la falta de valoración de la práctica diaria, los numerosos trámites que hay que seguir para formar parte de proyectos educativos, la prácticamente nula valoración que se hace de la formación que se lleva a cabo fuera de los cauces establecidos y la falta de tiempo para dedicarse a ello, ya que en la mayoría de las ocasiones se debe realizar fuera del horario laboral.

Entiendo que desde las universidades se deben investigar nuevas formas de enseñanza, pero los docentes no podemos, ni se debería presuponer que debamos, engullir cuanto nos plantean. Es preciso que se nos dé la posibilidad de investigar sobre la práctica y que se potencie la innovación desde la acción, dotando así de un presupuesto anual prefijado por docente para tal fin. Sólo así lograremos poner en práctica para con nuestro alumnado y para con nosotras mismas una teoría mediacional que promueva aprendizajes significativos y relevantes, con los que detectar las posibles dificultades educativas para idear soluciones innovadoras ajustadas a las demandas, pero siempre desde dentro y partiendo del principal agente de transformación educativa, el profesorado.

Por último, mencionar que en esta labor de innovación desde la acción tienen un papel relevante, cómo no, los orientadores educativos, que pueden y deben implicarse en cada uno de sus centros de referencia y gracias a cuyos conocimientos de diversas realidades educativas pueden aportar la orientación necesaria y la precisa objetividad para no perder nunca de vista la función social de la escuela.


[i] MARTÍNEZ, J. (1998): Trabajar en la escuela. Profesorado y reformas en el umbral del siglo XXI. Madrid. Miño y Dávila Editores (Cap. VIII).

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escrito el 1 de junio de 2010 por en 02. ENFOQUES


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