Editorial (FEB-10)
La idea de un pacto por la educación llena a muchos de esperanza con respecto al futuro del mundo educativo en España. No solo porque, de tener éxito, conferiría cierta estabilidad a un ámbito agitado hasta sus mismos cimientos con cada elección legislativa, sino porque hace posible imaginar un proyecto conjunto en el que todos los agentes sociales implicados (no solo partidos políticos, sino también padres y profesores) participen y se escuchen los unos a los otros. Que no lloverá a gusto de todos es del todo predecible (hasta deseable), pero, como suele decirse, una buena prueba de la ecuanimidad de un pacto es que deje insatisfechos a todos los firmantes.
Una de las medidas más discutidas es la de convertir el cuarto curso de la ESO en una doble vía que obligue a los estudiantes a elegir entre una formación orientada hacia el Bachillerato y otra dirigida a la Formación Profesional. Los hay que ven en esta propuesta una medida segregacionista, por la que se trataría de separar a los “buenos” de los “malos” estudiantes, mientras que otros sectores ven en ella un intento de revalorizar la Formación Profesional, tan descuidada en los sucesivos planes educativos. Parece que en la postura de los primeros hay ya ciertos prejuicios subyacentes, al pensar que se empujará a los “malos alumnos” a optar por la vía de la FP. ¿Por qué solo los “malos alumnos” habrían de interesarse por la Formación Profesional, y, de ser así, por qué sería eso “malo” para ellos? Las estadísticas muestran que una gran cantidad de licenciados universitarios se encuentra en el paro con pocas perspectivas de encontrar empleo, mientras que muchos profesionales preparados en las aulas de Formación Profesional disfrutan de una buena posición económica y laboral. ¿No es un buen momento para replantearnos nuestros propios supuestos?
Seguiremos pensando.
filosofía, llevar la filosofía a cada uno. Estaba convencido de que, como yo, todo el que descubriera a Platón quedaría enamorado de él. Me parecía aberrante que una actividad tan vital, tan fundamental para el ser humano, que se relacionaba con la comprensión del mundo y el sentido de la existencia, quedara reservada para una elite académica y erudita. De forma que, una vez terminado mi doctorado en filosofía en la Sorbona, decidí lanzar “el gran proyecto”: introducir la filosofía en la ciudad.



